domingo, noviembre 26, 2017

La creación del sueño

Cada vez que intento un futuro nuevo aparecen los lienzos multicolor que tienen miles de trazos distintos. Como tirar de un hilo infinito intrincado en un jersey de los de abuela, que abrazan y calientan hasta el punto que no quieres quitártelo nunca. El riesgo es ese: no querer abandonar la comodidad de la pintura cientos de veces repetida en diversas versiones, pero siempre la misma. 

Añoro la capacidad de olvidar para retornar a una posteridad tan ajena a mí como suficiente para dejarme vivir al son de todos los ritmos que mi cabeza es capaz de imaginar, pero mi boca enmudece para que mis manos no encuentren los picaportes adecuados.

Ojalá esa ceguera única de quienes han aprendido que las utopías saben mejor si las aliñas con el arrojo de crecer al lado de quienes son tan distintos que acaban siendo siameses contigo. Agudizan el resto de sentidos para hermanarse con ese otro yo que reside en cada uno, a veces fragmentado en segmentos diminutos, sólo localizables si les da la luz.

Cojo todos los pinceles disponibles y sólo me encuentro con botes vacíos en los que es imposible humedecer las ideas para aguar las preconcebidas elecciones que me llevaron hasta una cama donde yacer inmóvil mientras se agitan las ventanas hasta estallarme encima.

Los grillos acompañan a las cigarras en sones sólo audibles por mí, como preludio de la sinfonía no escrita por la que reconvertir el pentagrama en salida de incendios despejada.

Así, comprendo que el problema está en el intento y agarro con fuerza la determinación que es ser.

domingo, noviembre 19, 2017

Casa ajena

Recorre los metros de su piso y vislumbra en todos ellos los recuerdos de un pasado que le hizo daño. Reflexiona en sí y se descubre ajena al hogar que se ha construido en los últimos años. Terreno abonado por otros, ausente de su propiedad que la acoge por herencia, si bien lleva toda una vida desheredada.

Intenta recomponer el lugar al que pertenecer, pero los cimientos sobre el regalo de quien le quitó al nacer la capacidad de pertenencia, tiemblan bajo sus ya trémulas piernas. Los ladrillos se le transforman en anclas adheridas a profundidades que abandonó a duras penas en la adolescencia. Vacía cada hueco que puede para limpiar la maleza, con espinas que aún le pinchan y crean tormentas mojadas. Deja espacios en blanco para permitirse respirar sin marcos. Elige amorosamente cada nuevo objeto, escasos. 

Y, a pesar de todos los intentos, se mantiene ajena. No dirá que es su casa. No sentará las bases de la familia que es ella. No se consentirá bajar la guardia. Las lanzas siguen en ristre y los tambores de guerra retumban desde el pecho, aunque no los deje salir fuera. Presta a la guerra, no olvida heridas años ha cicatrizadas, las siente sangrantes y dolientes. No las deja y, con ellas, continúa el miedo y se mantiene presa. De sí misma, sin saberlo, ahogando las posibilidades de encontrar el lugar donde reposar la cabeza, los brazos, el cuerpo entero y su alma en pena. 

Escruta cada pared, que es el horizonte delimitado, para descubrirse en ellas. Es sus propias fronteras de las que no sabe salir, se enreda. Corta las ramas que ha creado y empieza a ver el claro. Dentro, muy dentro. Quizás lo logre. Ser su hogar. Llegar a él antes de volverse una viva muerta. 

sábado, octubre 28, 2017

Tras la puerta

Corre a la mirilla, como cada vez que escucha la puerta del bloque cerrarse, ventajas de vivir en el bajo. La mayoría de las veces es para nada y vuelve desilusionado y arrastrando los pies al sofá. Esta vez ha habido suerte: ahí está ella. «Provocando como siempre», se murmura, bajito, para que ella no lo oiga. Lo tiene clarísimo: ella se cimbrea así para él, porque sabe que la está mirando. Mucho quejarse, mucha denuncia, pero está clarísimo que se pavonea en sus narices, allí, detrás de la puerta que los separa, con esos aires de suficiencia por haber estudiado más que él, «hasta el final».
«Quién se habrá creído la putilla ésta», con esos conteneos ¿cómo se va a controlar él, que ya tiene la mano en la entrepierna, agarrando su polla dura contra esa maldita madera que los mantiene lejos? «¿Cómo va a poder controlarse un hombre ante semejante espectáculo?», se dice, por comodidad, inconsciente de que, precisamente, por su condición de hombre, y no animal, no sólo puede, sino que debe controlarse, respetar a su vecina del cuarto, por mucho que ella le sonriera, sea educada, aceptara una vez su invitación a una copa en su casa. Él no está para eso, no está para nada que suponga aceptar que ella es otro ser humano, y menos ahora que su mano sube y baja por su miembro, pantalones de chándal ya a sus pies, mordiéndose el labio y con el ojo derecho tan pegado a la mirilla que casi podría salir por el otro lado. 

Ella lo nota. No puede tener la certeza absoluta, pero sabe que él la vigila detrás de la puerta cada vez que entra en el edificio. LO SABE. Porque siente ese no sé que le eriza la piel y la hace casi correr hasta el primer tramo de escaleras. Por desgracia no tiene escapatoria. No le quedan más ovarios que pasar delante del vano de ese «desgraciado, asqueroso, baboso» que le repele tanto como la asusta.
Cuando se mudó no calibró correctamente el nivel de garrulismo de su «amable» vecino del Bajo C. Aceptó ir a su casa, sin saber que acabaría manoseada antes de lograr traspasar el umbral asqueada y casi gritando auxilio, para nada, porque los vecinos preferían ser testigos que parte.
Alguna vez había pensado encararse, llamar, aporrearle la puerta, que sería como hacerlo en su cara porque seguro estaba detrás, a veces había notado movimiento por la mirilla. Al final había decidido que era imposible dialogar con semejante animal, que ya se había cansado de explicarle por qué no la estaba respetando. Llegó a sonreír al recordar la vez que se le ocurrió llevarle un libro, a ver si así lo entendía. La cara de él, incrédula al principio, colorada poco a poco y de absoluto cabreo cuando empezó a gritarle que quién se había creído ella para insultarle, que si se pensaba que él no había leído nunca... Y, la verdad, hasta ese momento no se lo había planteado, pero entonces comprendió que, quizás, ni había acabado la enseñanza obligatoria.
La sonrisa le duró poco, se puso alerta en cuanto escuchó un ruido en el Bajo C, un espasmo, un gemido ahogado que la asqueó cuando alcanzó el primer escalón y se sintió algo más a salvo.

viernes, octubre 27, 2017

El sueño de la felicidad

Lo tenía clarísimo. Nada más ver la imagen lo comprendió. Era su futuro, ni más ni menos. Y se lo dijo a sí misma: «así voy a acabar, desnuda y rodeada de libros que serán mis muebles, mi cama, mi todo». No sólo es que se lo dijera, lo sintió en su piel. Cada milímetro de su cuerpo reaccionó a la que sería la caricia suave del papel, al tacto delicado de algunos cueros y telas de sus ediciones más queridas. Su olfato despertó con el aroma de tinta, tan conocido, tan querido, tan absolutamente suyo. Sus dedos se crisparon levemente ante la idea de toquetear, a saltos, páginas y páginas; sus ojos se entrecerraron soñadores de las mil y una historias que descubrirían para deleite de su espíritu, que dormiría tranquilo en las narraciones. 
La desnudez sería la alegoría de la ausencia de mayor necesidad que sus queridos libros y el resto de su tiempo estaría destinado a ellos.
No podía haber imagen que la hiciera sentir más feliz. Y así, poco a poco, y con delicadeza, fue descubriendo su cuerpo. A la vez que se quitaba la camiseta, recorría las pilas de libros que ya ocupaban su pasillo desde hace tiempo. Quería más. Se desprendía del sujetador mientras vaciaba la primera estantería y recolocaba los ejemplares por el suelo de su salón. 
Caía la falda desde sus caderas a sus pies con gracia, a la vez que la segunda librería de la sala era despejada. Aquí se detuvo con mayor delicadeza. Eran sus ejemplares de poesía, a algunos de los cuales les tenía especial cariño. Se regodeó, tirada en el suelo, ya desnuda, releyendo versos, poemas, dedicatorias y se dejaba mecer por el embriagador poder de la rima.
Continuó por toda la casa, desparramando libros y libros, pensando en las nuevas adquisiciones para cubrir algunos pequeños huecos en el suelo del dormitorio, y tras acabar, satisfecha, se tumbó, juguetona, sobre todos aquellos que ocupaban su salón. Alargó la mano, perezosa, para alcanzar cualquier libro al azar y lo abrió, igualmente, dejándose ir. 
La felicidad ocupó todo el aire y allí quedó, sin mundo alrededor, sin otros que no fueran los personajes que leía, hermanos ya, hogar. 

Para Á. cuya foto me inspiró, y para V. cuya conversación me llevó a este texto.

viernes, octubre 13, 2017

El regalo

Hacía tiempo que no se decidía a entrar. Le daba ese respeto, ese pudor del sentimiento de culpa judeocristiano que consiguió arrancarse, a bocados de su amante, con 20 años. Lo que pasa es que el peso de la cruz había dejado una pequeña marca que aún escocía a veces. Esta no era una de esas ocasiones.

Sacudió la melena, planchó la falda hacia abajo y entró haciendo repicar los tacones, que calzaba sólo porque sabía que era la única manera de cimbrear sus caderas «como una mujer». Siempre que entraba la sonrisa de la dependienta desde el mostrador hacía que su rabadilla temblase. Era ese escalofrío entre placentero y alarmante, como cuando vivíamos en cuevas y olíamos a un depredador y pensábamos por un lado que podríamos tener cena y, por el otro, que igual la cena seríamos nosotras.

Habitualmente se paraba mucho en los aceites y cosas así. Las plumas, los pinceles, la pintura corporal, cualquier cosa que pareciera un juego de dos. Ni siquiera se había atrevido a comprar allí su vibrador. Ese vino a domicilio en una caja enigmática a prueba de vecinos cotillas (literalmente era la publicidad de la web). 

Sin embargo, esta mañana se había despertado de otra forma. Cuando alargó la mano hacia el espacio vacío de la cama no sintió ni el más mínimo rastro de la punzada habitual ahí, en mitad del pecho tirando a la izquierda. Ahí, en la boca del estómago donde antes volaban mariposas. Ahí, en la entrepierna que tantas veces despertó húmeda por la expectativa del roce nocturno con esa piel que no era la suya.

Para nada. Hoy se había despertado descansada. Sonriente. Se había desperezado estirando todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo había apoyado sus manos en el cabecero para estirarse cuan larga era y arquear sus caderas con fuerza para sentir los tendones de los muslos tensarse, la espalda descontraerse y saberse fuerte y viva. Y había movido, con la rutina cargada de años, la mano hacia el otro lado de la cama. Desierto, de nuevo, no había percibido el amargor en la boca. La sonrisa había permanecido resplandeciente como el sol que amanecía tras sus cortinas y se había atusado el cabello con determinación, mientras se permitía levantarse perezosamente, con ese ritmo pausado de quien se sabe dueña del día.

Llamó al trabajo. No tenía intención de quedarse encerrada ante un ordenador insípido escribiendo inútiles cartas sin contenido. Iba a aprovechar la luz que brillaba en el cielo, pero también dentro de ella. Se iba a hacer el regalo con el que llevaba soñando años. 

Nunca lo había hecho. Le parecía un gasto inútil, sobre todo «si no lo va a disfrutar nadie». Bien sabía ella que no era el momento de que alguien llegara. Más bien, cualquiera chocaría con el muro que había construido con su esfuerzo titánico. Porque otra cosa no, pero como semidiosa griega no le ganaba nadie.

Sin embargo, este momento que estaba viviendo y que había empezado temprano, que se iba haciendo grande hasta ocupar cada una de las horas que pasaban de la jornada, le gritó desde dentro que lo inútil era estar esperando. Y, sobre todo, que había alguien que quería, deseaba, anhelaba, se merecía disfrutar del ansiado obsequio.

De esta forma, por una vez, devolvió la sonrisa a la dependienta con la misma candidez y seguridad, pasó de largo de los estantes hermosamente colocados y se dirigió a las perchas. No era de gustos baratos y con esto no iba a ser una excepción. Se tomó su tiempo y no miró etiquetas.

Dejó, primero, que los colores le alegraran el alma. Desde negros brillantes a satinados azules, rojos vibrantes, verdes diociochescos, estampados bordados en fucsias noctámbulos... Era un arcoiris que crujía en sedas, encajes, crepés cuyo tacto fue la segunda seducción. Acarició las piezas que más le llamaron la atención y les permitió despertar ese instinto amurallado. Jugueteó con las lazadas, toqueteó las hebillas y broches, incluso olisqueó ese aroma de ropa nueva. 

Finalmente se decidió por tres modelos, uno de ellos sólo de cintura, para comprobar el efecto. Se giró sobre sus talones, y, por primera vez en tantas veces que había entrado, avisó a la vendedora con voz suave, cálida y rotunda. 

— «Vas a tener que ayudarme o enseñarme a hacerlo, si no te importa».
La chica, diligente, se le acercó relajada y le comentó que si era la primera vez, ella le ayudaría, pero que, en el caso de que se decidiera por algún modelo, le explicaría como hacerlo sola. 
— «No nos gusta que nuestras clientas piensen que la única manera de disfrutar de esta prenda es con ayuda. Es más, para nosotras es algo para cada una».

Esta respuesta, quizás repetida cientos de veces, seguía teniendo el convencimiento que su propio despertar había tenido. Y sonrió de nuevo.

Dentro del probador fue más sencillo de lo que había esperado. Parecía que llevaba toda una vida colocándoselo. Quizás llevaba varias haciéndolo. Se ajustó todo lo que pudo desde su inexperiencia y llamó de nuevo a la mujer de la tienda. Con su ayuda, apretó las lazadas y convirtió su cuerpo en lo que siempre había deseado: un sinuoso camino que le llevaba hasta su más temprano deseo. 

Cuando la dependienta se retiró y le dejó espacio para que se contemplara no pudo menos que soltar un grito de asombro. Sintió la presión unos segundos. Esa que desmayaba a sus hermanas en siglos pasados. Y también experimentó el poder de sentirse erguida como nunca, sustentada como nadie, bella porque para ella eso era belleza. La cintura que de niña la llevaba a chillar a su madre que apretara y apretara y apretara los lazos de sus vestidos (y que le granjeó el mote de Escarlata, por la O'Hara), estaba ahí, de avispa, perfecta. 

Y era sólo para ella.

— «¿Es complicado ponérselo una misma?» — preguntó acariciando la seda y pensando que no podía dejarlo ahí, que no podía perder esa sensación de grandeza que le salía en cada, por ahora, exangüe respiración.
— No, no lo es. No sólo te enseño ahora mismo, si no que vas a probarlo para que te convenzas».
«Convencida estoy —se dijo para sus adentros — tan convencida que espero que no te des cuenta de que tiemblo de miedo».

Pocas veces se había permitido salir de las paredes que le habían construido otros, y mucho menos de las almenas que ella misma había dejado crecer más adentro. Así que sí, temblaba de miedo, pero también de una emoción tan infantil y a la vez tan de la mujer que era que sabía que le iba a dar igual el precio. 

Hizo la prueba, hizo y deshizo la lazada como si se hubiera dedicado a ello desde siempre y pagó sin remordimientos. Puede que su banquero no pensara lo mismo, pero por fin le importaba un bledo. Él y el resto que siempre se consideraba con derecho: a juzgarla, a reñirla, a encorsetarla.

Pues ahora sería por voluntad propia que se iba a ceñir, pero con el corsé de sus anhelos. Lo que siempre había considerado un fetiche se convirtió en su arma secreta. No contra los demás, sino su aliada para recordarse. Su luz, su fuerza. 

Y respiraba. Profundamente. Limitada por ballenas, exhalaba como un Buda de esos que siempre le pareció que miraban con suficiencia. 

Y sonreía. Por una vez y para siempre, hacia dentro.

Para I. la mujer que crece conmigo, me enseña, me acompaña, me anima a que me quite esos miedos a  mi cuerpo y a que lo toquen. En definitiva, una amiga a la que quiero.

domingo, octubre 08, 2017

El tiempo está parado, somos nosotros los que transcurrimos

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Nacemos y al poco pensamos que somos eternos, luego tememos nuestro fin. Algunos abrazamos nuestra finitud como un chaleco salvavidas, el único.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Creemos que son los segundos, minutos, horas, los que se mueven indefectiblemente, Nos pensamos inmóviles y somos nosotros los que ocurrimos, quienes estamos y dejamos estar, mientras las horas, minutos, segundos permanecen, impasibles, hasta la infinitud que sólo existe en ellos.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Como ríos que no cesan, como garras indómitas que desgastan las piedras que quieren ser muros que nos sostengan. Algunos arrastramos mareas, otros se estancan en una falsa quietud y permanencia. Somos nosotros los que transcurrimos hacia finales inciertos, por mucho que hayamos pretendido planificar nuestra vida.
Transcurrimos a cámara lenta en comparación con el tiempo quieto. Somos unas minúsculas estrellas fugaces que apenas han nacido cuando sienten su luz apagarse, muchas ocasiones sin haber llegado a ser contempladas por alguien cuyos ojos dieran una segunda vida a nuestra existencia. Caminamos por senderos inciertos, que labramos sobre arenas movedizas a las que damos firmeza con pisadas duras para resecar los lodos de nuestras propias aguas.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Y no queremos saberlo. El conocimiento nos haría libres, así que preferimos vivir ignorantes con las cadenas que subyugan nuestras mentes hasta convertirnos en los guiñoles de otros. Sin aprendizaje no existe el pensamiento que gane la lucha. Sin lucha, la esclavitud está garantizada en todas sus variantes. Es esclavo quien no sabe que no es tener lo que le hace, es ser lo que le permite y reina su existencia.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Puede que en lágrimas que salen y encogen el corazón. También harán limpieza. Porque si no vaciamos primero, no hay espacio para lo que resta. Los ojos vidriosos dejan ver las partes que nos ocultan las luces que ciegan.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.


Versos iniciales del poema El tiempo está parado de Mascha Kaléko, de la edición de Tres maneras de estar sola traducida por Inmaculada Moreno. 

martes, septiembre 26, 2017

Al otro lado del muro.

Ella los mira. Los ha convertido en un foto fija. Los ha transformado en lo que siempre acaba siendo ella: una imagen sin movimiento que debe estar callada y bonita. 

Los contempla. 

Observa a su vecino. Allí, encaramado al muro, ha decidido ignorarla de nuevo. Como hace desde el momento en que a ella se le desarrollaron los pechos y empezaron a murmurar. Lo hizo por el bien de ella. Eso le dijo: «no quiero que no encuentres un buen marido por mi culpa». Que ella quisiera o no tener marido no se contempla. Que quisiera su amistad tampoco. Que quisiera. Punto. No le dieron opción a elegir. Aprendió pronto que esa sería una constante en su vida.

Ahora él está haciéndose el distraído. Disimula girándose al otro lado, pero ella sabe que no es así. Siempre se le escapan los ojos hacia donde se encuentra. Y dibuja una sonrisa triste y casi levanta la mano para saludarla. Pero no lo hace. Nunca lo hace. Ahora es ella la que lo curiosea.

Tras el velo que difumina su rostro también mira al vendedor ambulante con su bici a cuestas. Ése que intenta rozarla cada vez que se la encuentra. El que le susurra libidinosamente, sabiéndose protegido, porque si protesta tiene toda las de perder. El que sueña con recorrerla con su lengua y forzarla, porque si es con su consentimiento no tendría gracia, no dejaría huella. Le ve ajeno, también ignorándola porque la última vez se arriesgó y llevó un cuchillo que le rozó la mano que pretendía tocarla. La hoja afilada rasgó su piel como el papel y la sangre debió ser aviso suficiente. Fue tan sutil que él no supo reaccionar, no vio la herida hasta que fue a alcanzar la fruta que le pedía otra clienta.

Se cruza el estudiante. El que se negó a sentarse a su lado porque «no era digna de educarse». Ni la miró en ese momento, no lo iba a hacer ahora, por la calle. Donde la sabe menos protegida, más fuera de lugar. Porque las plazas no son de ella. Son de él. Son de ellos. Y por eso camina erguido, ajeno, libre. Mientras ella permanece atenta.

Los niños. Los niños siempre la ignoran. Son aleccionados casi desde la cuna en que no hay que acercarse, salvo a la madre y a la hermana «para protegerlas».  Así que directamente se lanzaron al muro, al otro lado. No tenía importancia. A ellos apenas les culpa. Les da el beneficio de la inconsciencia infantil. 

Sin embargo, esta vez no les va a valer de nada todas sus argucias. Podrán intentar no verla, lucharán con no verla y acabarán trepando el muro que tanto les interesa. Porque en esta ocasión ella no está sola, ninguna de ellas. Han ido sumándose, de una en una, silenciosas, ignoradas, no vistas, de cada punto de la ciudad, caminando kilómetros. 

Y se acercan.

Paso a paso, empiezan a formar una masa que observa.
Que analiza como las analizan a ellas.
Que susurra, pero no lo que están acostumbradas a escuchar, lo que les han obligado a escuchar, si no su propia fuerza.
Murmuran quiénes son.
Explican de dónde vienen y adónde van.
No se paran.

La foto cambia.

Ellos miran.

Ellos se asustan.

Ellos corren.

El muro que las encerraba a ellas será su paredón. El lugar donde dejen de ser quienes las manejan.


A  J. A. cuya foto inspiró esta entrada.

sábado, septiembre 16, 2017

El coño y el corazón palpitan juntos, es la cabeza la que nos putea

Pensativa. Analiza una y otra vez. Empieza de nuevo. No es que sus ojos no vean, no están mirando. Ha permitido que desaparezca el latido unívoco y al unísono. Se está alejando de sí misma sin darse cuenta, mientras cree firmemente que es ella más que nunca. Porque piensa. Se piensa. Da vueltas y revisa mentalmente cada ángulo. Incluso los suyos propios. No lo nota. Pierde el contacto y el ritmo se diluye en una cuenta atrás que será sin retorno. Le va a quedar una única baza y la vida no es eso. Son muchos fragmentos caminando sobre el mismo pentagrama. Porque hay un ritmo. Acompasado. Ahora distante, pero tan fuerte que no nace de una única entraña. Se aleja. No se ha movido ni un milímetro del lugar y casi está extraviada. 

Por un instante, se despista. Ahí vuelve. Ese palpitar conjunto intenta revivirla. Su coño se moja y su corazón le grita desde el pecho para ser oído. Ha bastado un roce. Agita la cabeza ensimismada. Intenta dejar de oír. Dejar de sentir porque es lo aprendido. Apreciar, percibir, malo. Analizar, ser lógica, bueno. 

Grito: ¿qué lógica hay en perder lo que nos hace humanas? ¿Lo que aúna alma y cuerpo en una sinfónica y placentera vivencia que estalla en el coño, corre al corazón y explota en mil pedazos en la cabeza, convirtiendo un pensamiento en un universo en expansión?

Está mal. Eso es lo que piensa. Está mal porque es demasiado bueno y prefiere irse al carajo antes de que se vuelva daño y queden esquirlas sangrantes durante años. La mente vuelve a la carga con más fuerza. 'Sufrirás, llorarás, querrás estar muerta'. 

Está muerta ahora si se queda quieta. Porque hay muchas formas de escuchar y la única que habla no es la cabeza. 

Cabizbaja, reflexiona. Y palpitan más fuerte desde el pecho, desde la entrepierna. Los demás tienen que oírlo, se dice. Pero es sólo ella. Y no quiere escuchar. Llegar al cielo no es suficiente cuando aprendió un silencio extendido a su cuerpo, que también debe callar. No compartirse, ni con ella. Ser inmaculada, impoluta, fría, distante, razonable, protegida por el muro de la indiferencia. 

No ser humana. O ser la humana que otros decidieron que fuera. Caminar por una sola ruta marcada por las pisadas de millones de mujeres que antes que ella se dejaron arrastrar por considerar que no tenían más remedio.

Otro roce y vuelven a la carga. No se van a callar tan fácilmente. 

Se quedan. 

A Á. cuya frase dio pie a este texto.

viernes, septiembre 01, 2017

Un enchufe, un mueble y mi padre

Una se piensa que estudiar sirve. Que el saber es útil y que tener la carrera ayuda. Y aquí estoy, llorando como una magdalena y mirando estos cables pelados en mis manos, sin tener muy claro si las lágrimas son por el enchufe, por mí o por mi padre.

Aquí, tirada en el suelo en medio de las convulsiones del llanto, sólo pienso en las veces que no lo escuché, las veces que pensé que yo estaba por encima. Yo había estudiado, había viajado, sabía más. Y no lo escuchaba. Ahora, aquí, en el suelo, con el hueco del enchufe desafiándome desde la pared y estos tres cables en la mano, sólo pienso lo tonta que soy, lo poco que sé, lo estúpido que fue no escuchar porque ¿qué iba a enseñarme él, un pobre paleto de pueblo con toda una vida dedicada a sus labores?

Como un cine en HD, mi cabeza se ha llenado de escenas, aquella en la que él me hablaba de temas en el hogar que podrían ayudarme y que yo ignoré, centrada en mi próximo viaje y en lo pesado que era mi padre. Retazos mínimos de cuando, con total paciencia y aún sabiéndose medio ignorado, me llevó a la pared, me repitió que primero había que cortar la luz y se dispuso a enseñarme cómo se cambiaba el enchufe. 

Me habría venido mejor recordar esa parte hacía diez minutos, antes de que los vecinos comenzaran a salir de sus casas porque había saltado el diferencial del edificio, después de que yo recibiera una bonita descarga.

Aquí estoy, llorando, intentando ir más allá en ese recuerdo para aprehender qué más había que hacer, dónde se colocaba cada cable y si el tornillo se apretaba antes o después de encajar esta maldita pieza negra con esta otra blanca, que realmente es la única que me parece un enchufe.

Sorbo las lágrimas y me apoyo en el mueble celeste, este aparador, más bien de cocina, blanco y azul cielo por el que peleé con uñas y dientes sin pensar si encajaría allá donde acabase viviendo. Qué estupidez sentir perfectamente cada milímetro de la madera como una historia de incalculable valor y no poder poner en pie ni una de las palabras de mi padre sobre el enchufe.

Puede que llore por él, que se fue sin saber que yo me iba a sentar en el suelo una tarde, delante de un enchufe que arreglar porque él intentó enseñarme. Que estaría aquí, con sus palabras rondándome la cabeza, acordándome de él y prestándole toda la atención que no le di en vida. No sabrá nunca que estoy llorando, frustrada, sin tenerle para poder llamarle y que me diga qué hago con el maldito cable que sobra, porque la clavija sólo tiene dos agujeros.

No sabrá que no me acuerdo de ni una maldita frase de las que me dijo acerca de enchufes, grifos, cisternas..., pero que recuerdo cada historia que me contó sobre este mueble que me apoya y que estaba en la cocina de su madre. Que siento su abrazo cuando era niña, y su voz diciéndome que por querer coger las galletas del último estante se subió a la puerta abierta de abajo y acabó con una brecha en la cabeza de la caída. 

No sabrá que siento en la yema de mis dedos el tacto de esa cicatriz que él me hizo tocar con delicadeza mientras me contaba esa historia después de encontrarme a mí trepando por el aparador. 

No me voy a dar por vencida. Voy a enjugar mis lágrimas, respirar profundamente, cortar la luz de mi piso y no pelearme con el enchufe como hacía con mi padre. Voy a escucharle y mirarle con atención. 

Él se lo merece.

Dedicado a A. A. que me dio el título.