viernes, octubre 13, 2017

El regalo

Hacía tiempo que no se decidía a entrar. Le daba ese respeto, ese pudor del sentimiento de culpa judeocristiano que consiguió arrancarse, a bocados de su amante, con 20 años. Lo que pasa es que el peso de la cruz había dejado una pequeña marca que aún escocía a veces. Esta no era una de esas ocasiones.

Sacudió la melena, planchó la falda hacia abajo y entró haciendo repicar los tacones, que calzaba sólo porque sabía que era la única manera de cimbrear sus caderas «como una mujer». Siempre que entraba la sonrisa de la dependienta desde el mostrador hacía que su rabadilla temblase. Era ese escalofrío entre placentero y alarmante, como cuando vivíamos en cuevas y olíamos a un depredador y pensábamos por un lado que podríamos tener cena y, por el otro, que igual la cena seríamos nosotras.

Habitualmente se paraba mucho en los aceites y cosas así. Las plumas, los pinceles, la pintura corporal, cualquier cosa que pareciera un juego de dos. Ni siquiera se había atrevido a comprar allí su vibrador. Ese vino a domicilio en una caja enigmática a prueba de vecinos cotillas (literalmente era la publicidad de la web). 

Sin embargo, esta mañana se había despertado de otra forma. Cuando alargó la mano hacia el espacio vacío de la cama no sintió ni el más mínimo rastro de la punzada habitual ahí, en mitad del pecho tirando a la izquierda. Ahí, en la boca del estómago donde antes volaban mariposas. Ahí, en la entrepierna que tantas veces despertó húmeda por la expectativa del roce nocturno con esa piel que no era la suya.

Para nada. Hoy se había despertado descansada. Sonriente. Se había desperezado estirando todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo había apoyado sus manos en el cabecero para estirarse cuan larga era y arquear sus caderas con fuerza para sentir los tendones de los muslos tensarse, la espalda descontraerse y saberse fuerte y viva. Y había movido, con la rutina cargada de años, la mano hacia el otro lado de la cama. Desierto, de nuevo, no había percibido el amargor en la boca. La sonrisa había permanecido resplandeciente como el sol que amanecía tras sus cortinas y se había atusado el cabello con determinación, mientras se permitía levantarse perezosamente, con ese ritmo pausado de quien se sabe dueña del día.

Llamó al trabajo. No tenía intención de quedarse encerrada ante un ordenador insípido escribiendo inútiles cartas sin contenido. Iba a aprovechar la luz que brillaba en el cielo, pero también dentro de ella. Se iba a hacer el regalo con el que llevaba soñando años. 

Nunca lo había hecho. Le parecía un gasto inútil, sobre todo «si no lo va a disfrutar nadie». Bien sabía ella que no era el momento de que alguien llegara. Más bien, cualquiera chocaría con el muro que había construido con su esfuerzo titánico. Porque otra cosa no, pero como semidiosa griega no le ganaba nadie.

Sin embargo, este momento que estaba viviendo y que había empezado temprano, que se iba haciendo grande hasta ocupar cada una de las horas que pasaban de la jornada, le gritó desde dentro que lo inútil era estar esperando. Y, sobre todo, que había alguien que quería, deseaba, anhelaba, se merecía disfrutar del ansiado obsequio.

De esta forma, por una vez, devolvió la sonrisa a la dependienta con la misma candidez y seguridad, pasó de largo de los estantes hermosamente colocados y se dirigió a las perchas. No era de gustos baratos y con esto no iba a ser una excepción. Se tomó su tiempo y no miró etiquetas.

Dejó, primero, que los colores le alegraran el alma. Desde negros brillantes a satinados azules, rojos vibrantes, verdes diociochescos, estampados bordados en fucsias noctámbulos... Era un arcoiris que crujía en sedas, encajes, crepés cuyo tacto fue la segunda seducción. Acarició las piezas que más le llamaron la atención y les permitió despertar ese instinto amurallado. Jugueteó con las lazadas, toqueteó las hebillas y broches, incluso olisqueó ese aroma de ropa nueva. 

Finalmente se decidió por tres modelos, uno de ellos sólo de cintura, para comprobar el efecto. Se giró sobre sus talones, y, por primera vez en tantas veces que había entrado, avisó a la vendedora con voz suave, cálida y rotunda. 

— «Vas a tener que ayudarme o enseñarme a hacerlo, si no te importa».
La chica, diligente, se le acercó relajada y le comentó que si era la primera vez, ella le ayudaría, pero que, en el caso de que se decidiera por algún modelo, le explicaría como hacerlo sola. 
— «No nos gusta que nuestras clientas piensen que la única manera de disfrutar de esta prenda es con ayuda. Es más, para nosotras es algo para cada una».

Esta respuesta, quizás repetida cientos de veces, seguía teniendo el convencimiento que su propio despertar había tenido. Y sonrió de nuevo.

Dentro del probador fue más sencillo de lo que había esperado. Parecía que llevaba toda una vida colocándoselo. Quizás llevaba varias haciéndolo. Se ajustó todo lo que pudo desde su inexperiencia y llamó de nuevo a la mujer de la tienda. Con su ayuda, apretó las lazadas y convirtió su cuerpo en lo que siempre había deseado: un sinuoso camino que le llevaba hasta su más temprano deseo. 

Cuando la dependienta se retiró y le dejó espacio para que se contemplara no pudo menos que soltar un grito de asombro. Sintió la presión unos segundos. Esa que desmayaba a sus hermanas en siglos pasados. Y también experimentó el poder de sentirse erguida como nunca, sustentada como nadie, bella porque para ella eso era belleza. La cintura que de niña la llevaba a chillar a su madre que apretara y apretara y apretara los lazos de sus vestidos (y que le granjeó el mote de Escarlata, por la O'Hara), estaba ahí, de avispa, perfecta. 

Y era sólo para ella.

— «¿Es complicado ponérselo una misma?» — preguntó acariciando la seda y pensando que no podía dejarlo ahí, que no podía perder esa sensación de grandeza que le salía en cada, por ahora, exangüe respiración.
— No, no lo es. No sólo te enseño ahora mismo, si no que vas a probarlo para que te convenzas».
«Convencida estoy —se dijo para sus adentros — tan convencida que espero que no te des cuenta de que tiemblo de miedo».

Pocas veces se había permitido salir de las paredes que le habían construido otros, y mucho menos de las almenas que ella misma había dejado crecer más adentro. Así que sí, temblaba de miedo, pero también de una emoción tan infantil y a la vez tan de la mujer que era que sabía que le iba a dar igual el precio. 

Hizo la prueba, hizo y deshizo la lazada como si se hubiera dedicado a ello desde siempre y pagó sin remordimientos. Puede que su banquero no pensara lo mismo, pero por fin le importaba un bledo. Él y el resto que siempre se consideraba con derecho: a juzgarla, a reñirla, a encorsetarla.

Pues ahora sería por voluntad propia que se iba a ceñir, pero con el corsé de sus anhelos. Lo que siempre había considerado un fetiche se convirtió en su arma secreta. No contra los demás, sino su aliada para recordarse. Su luz, su fuerza. 

Y respiraba. Profundamente. Limitada por ballenas, exhalaba como un Buda de esos que siempre le pareció que miraban con suficiencia. 

Y sonreía. Por una vez y para siempre, hacia dentro.

Para I. la mujer que crece conmigo, me enseña, me acompaña, me anima a que me quite esos miedos a  mi cuerpo y a que lo toquen. En definitiva, una amiga a la que quiero.

domingo, octubre 08, 2017

El tiempo está parado, somos nosotros los que transcurrimos

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Nacemos y al poco pensamos que somos eternos, luego tememos nuestro fin. Algunos abrazamos nuestra finitud como un chaleco salvavidas, el único.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Creemos que son los segundos, minutos, horas, los que se mueven indefectiblemente, Nos pensamos inmóviles y somos nosotros los que ocurrimos, quienes estamos y dejamos estar, mientras las horas, minutos, segundos permanecen, impasibles, hasta la infinitud que sólo existe en ellos.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Como ríos que no cesan, como garras indómitas que desgastan las piedras que quieren ser muros que nos sostengan. Algunos arrastramos mareas, otros se estancan en una falsa quietud y permanencia. Somos nosotros los que transcurrimos hacia finales inciertos, por mucho que hayamos pretendido planificar nuestra vida.
Transcurrimos a cámara lenta en comparación con el tiempo quieto. Somos unas minúsculas estrellas fugaces que apenas han nacido cuando sienten su luz apagarse, muchas ocasiones sin haber llegado a ser contempladas por alguien cuyos ojos dieran una segunda vida a nuestra existencia. Caminamos por senderos inciertos, que labramos sobre arenas movedizas a las que damos firmeza con pisadas duras para resecar los lodos de nuestras propias aguas.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Y no queremos saberlo. El conocimiento nos haría libres, así que preferimos vivir ignorantes con las cadenas que subyugan nuestras mentes hasta convertirnos en los guiñoles de otros. Sin aprendizaje no existe el pensamiento que gane la lucha. Sin lucha, la esclavitud está garantizada en todas sus variantes. Es esclavo quien no sabe que no es tener lo que le hace, es ser lo que le permite y reina su existencia.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.
Puede que en lágrimas que salen y encogen el corazón. También harán limpieza. Porque si no vaciamos primero, no hay espacio para lo que resta. Los ojos vidriosos dejan ver las partes que nos ocultan las luces que ciegan.

El tiempo está parado
somos nosotros los que transcurrimos.


Versos iniciales del poema El tiempo está parado de Mascha Kaléko, de la edición de Tres maneras de estar sola traducida por Inmaculada Moreno. 

martes, septiembre 26, 2017

Al otro lado del muro.

Ella los mira. Los ha convertido en un foto fija. Los ha transformado en lo que siempre acaba siendo ella: una imagen sin movimiento que debe estar callada y bonita. 

Los contempla. 

Observa a su vecino. Allí, encaramado al muro, ha decidido ignorarla de nuevo. Como hace desde el momento en que a ella se le desarrollaron los pechos y empezaron a murmurar. Lo hizo por el bien de ella. Eso le dijo: «no quiero que no encuentres un buen marido por mi culpa». Que ella quisiera o no tener marido no se contempla. Que quisiera su amistad tampoco. Que quisiera. Punto. No le dieron opción a elegir. Aprendió pronto que esa sería una constante en su vida.

Ahora él está haciéndose el distraído. Disimula girándose al otro lado, pero ella sabe que no es así. Siempre se le escapan los ojos hacia donde se encuentra. Y dibuja una sonrisa triste y casi levanta la mano para saludarla. Pero no lo hace. Nunca lo hace. Ahora es ella la que lo curiosea.

Tras el velo que difumina su rostro también mira al vendedor ambulante con su bici a cuestas. Ése que intenta rozarla cada vez que se la encuentra. El que le susurra libidinosamente, sabiéndose protegido, porque si protesta tiene toda las de perder. El que sueña con recorrerla con su lengua y forzarla, porque si es con su consentimiento no tendría gracia, no dejaría huella. Le ve ajeno, también ignorándola porque la última vez se arriesgó y llevó un cuchillo que le rozó la mano que pretendía tocarla. La hoja afilada rasgó su piel como el papel y la sangre debió ser aviso suficiente. Fue tan sutil que él no supo reaccionar, no vio la herida hasta que fue a alcanzar la fruta que le pedía otra clienta.

Se cruza el estudiante. El que se negó a sentarse a su lado porque «no era digna de educarse». Ni la miró en ese momento, no lo iba a hacer ahora, por la calle. Donde la sabe menos protegida, más fuera de lugar. Porque las plazas no son de ella. Son de él. Son de ellos. Y por eso camina erguido, ajeno, libre. Mientras ella permanece atenta.

Los niños. Los niños siempre la ignoran. Son aleccionados casi desde la cuna en que no hay que acercarse, salvo a la madre y a la hermana «para protegerlas».  Así que directamente se lanzaron al muro, al otro lado. No tenía importancia. A ellos apenas les culpa. Les da el beneficio de la inconsciencia infantil. 

Sin embargo, esta vez no les va a valer de nada todas sus argucias. Podrán intentar no verla, lucharán con no verla y acabarán trepando el muro que tanto les interesa. Porque en esta ocasión ella no está sola, ninguna de ellas. Han ido sumándose, de una en una, silenciosas, ignoradas, no vistas, de cada punto de la ciudad, caminando kilómetros. 

Y se acercan.

Paso a paso, empiezan a formar una masa que observa.
Que analiza como las analizan a ellas.
Que susurra, pero no lo que están acostumbradas a escuchar, lo que les han obligado a escuchar, si no su propia fuerza.
Murmuran quiénes son.
Explican de dónde vienen y adónde van.
No se paran.

La foto cambia.

Ellos miran.

Ellos se asustan.

Ellos corren.

El muro que las encerraba a ellas será su paredón. El lugar donde dejen de ser quienes las manejan.


A  J. A. cuya foto inspiró esta entrada.

sábado, septiembre 16, 2017

El coño y el corazón palpitan juntos, es la cabeza la que nos putea

Pensativa. Analiza una y otra vez. Empieza de nuevo. No es que sus ojos no vean, no están mirando. Ha permitido que desaparezca el latido unívoco y al unísono. Se está alejando de sí misma sin darse cuenta, mientras cree firmemente que es ella más que nunca. Porque piensa. Se piensa. Da vueltas y revisa mentalmente cada ángulo. Incluso los suyos propios. No lo nota. Pierde el contacto y el ritmo se diluye en una cuenta atrás que será sin retorno. Le va a quedar una única baza y la vida no es eso. Son muchos fragmentos caminando sobre el mismo pentagrama. Porque hay un ritmo. Acompasado. Ahora distante, pero tan fuerte que no nace de una única entraña. Se aleja. No se ha movido ni un milímetro del lugar y casi está extraviada. 

Por un instante, se despista. Ahí vuelve. Ese palpitar conjunto intenta revivirla. Su coño se moja y su corazón le grita desde el pecho para ser oído. Ha bastado un roce. Agita la cabeza ensimismada. Intenta dejar de oír. Dejar de sentir porque es lo aprendido. Apreciar, percibir, malo. Analizar, ser lógica, bueno. 

Grito: ¿qué lógica hay en perder lo que nos hace humanas? ¿Lo que aúna alma y cuerpo en una sinfónica y placentera vivencia que estalla en el coño, corre al corazón y explota en mil pedazos en la cabeza, convirtiendo un pensamiento en un universo en expansión?

Está mal. Eso es lo que piensa. Está mal porque es demasiado bueno y prefiere irse al carajo antes de que se vuelva daño y queden esquirlas sangrantes durante años. La mente vuelve a la carga con más fuerza. 'Sufrirás, llorarás, querrás estar muerta'. 

Está muerta ahora si se queda quieta. Porque hay muchas formas de escuchar y la única que habla no es la cabeza. 

Cabizbaja, reflexiona. Y palpitan más fuerte desde el pecho, desde la entrepierna. Los demás tienen que oírlo, se dice. Pero es sólo ella. Y no quiere escuchar. Llegar al cielo no es suficiente cuando aprendió un silencio extendido a su cuerpo, que también debe callar. No compartirse, ni con ella. Ser inmaculada, impoluta, fría, distante, razonable, protegida por el muro de la indiferencia. 

No ser humana. O ser la humana que otros decidieron que fuera. Caminar por una sola ruta marcada por las pisadas de millones de mujeres que antes que ella se dejaron arrastrar por considerar que no tenían más remedio.

Otro roce y vuelven a la carga. No se van a callar tan fácilmente. 

Se quedan. 

A Á. cuya frase dio pie a este texto.

viernes, septiembre 01, 2017

Un enchufe, un mueble y mi padre

Una se piensa que estudiar sirve. Que el saber es útil y que tener la carrera ayuda. Y aquí estoy, llorando como una magdalena y mirando estos cables pelados en mis manos, sin tener muy claro si las lágrimas son por el enchufe, por mí o por mi padre.

Aquí, tirada en el suelo en medio de las convulsiones del llanto, sólo pienso en las veces que no lo escuché, las veces que pensé que yo estaba por encima. Yo había estudiado, había viajado, sabía más. Y no lo escuchaba. Ahora, aquí, en el suelo, con el hueco del enchufe desafiándome desde la pared y estos tres cables en la mano, sólo pienso lo tonta que soy, lo poco que sé, lo estúpido que fue no escuchar porque ¿qué iba a enseñarme él, un pobre paleto de pueblo con toda una vida dedicada a sus labores?

Como un cine en HD, mi cabeza se ha llenado de escenas, aquella en la que él me hablaba de temas en el hogar que podrían ayudarme y que yo ignoré, centrada en mi próximo viaje y en lo pesado que era mi padre. Retazos mínimos de cuando, con total paciencia y aún sabiéndose medio ignorado, me llevó a la pared, me repitió que primero había que cortar la luz y se dispuso a enseñarme cómo se cambiaba el enchufe. 

Me habría venido mejor recordar esa parte hacía diez minutos, antes de que los vecinos comenzaran a salir de sus casas porque había saltado el diferencial del edificio, después de que yo recibiera una bonita descarga.

Aquí estoy, llorando, intentando ir más allá en ese recuerdo para aprehender qué más había que hacer, dónde se colocaba cada cable y si el tornillo se apretaba antes o después de encajar esta maldita pieza negra con esta otra blanca, que realmente es la única que me parece un enchufe.

Sorbo las lágrimas y me apoyo en el mueble celeste, este aparador, más bien de cocina, blanco y azul cielo por el que peleé con uñas y dientes sin pensar si encajaría allá donde acabase viviendo. Qué estupidez sentir perfectamente cada milímetro de la madera como una historia de incalculable valor y no poder poner en pie ni una de las palabras de mi padre sobre el enchufe.

Puede que llore por él, que se fue sin saber que yo me iba a sentar en el suelo una tarde, delante de un enchufe que arreglar porque él intentó enseñarme. Que estaría aquí, con sus palabras rondándome la cabeza, acordándome de él y prestándole toda la atención que no le di en vida. No sabrá nunca que estoy llorando, frustrada, sin tenerle para poder llamarle y que me diga qué hago con el maldito cable que sobra, porque la clavija sólo tiene dos agujeros.

No sabrá que no me acuerdo de ni una maldita frase de las que me dijo acerca de enchufes, grifos, cisternas..., pero que recuerdo cada historia que me contó sobre este mueble que me apoya y que estaba en la cocina de su madre. Que siento su abrazo cuando era niña, y su voz diciéndome que por querer coger las galletas del último estante se subió a la puerta abierta de abajo y acabó con una brecha en la cabeza de la caída. 

No sabrá que siento en la yema de mis dedos el tacto de esa cicatriz que él me hizo tocar con delicadeza mientras me contaba esa historia después de encontrarme a mí trepando por el aparador. 

No me voy a dar por vencida. Voy a enjugar mis lágrimas, respirar profundamente, cortar la luz de mi piso y no pelearme con el enchufe como hacía con mi padre. Voy a escucharle y mirarle con atención. 

Él se lo merece.

Dedicado a A. A. que me dio el título. 

jueves, agosto 10, 2017

El pueblo

Llamó a la primera puerta. No tenía muy claro cómo acabaría aquello, ni tampoco, en realidad, por qué lo estaba haciendo. Pero ya sonaba el picaporte girando y una voz medio confusa con un ¿quién es? que, confiado, no miraba por mirilla alguna y, simplemente, abría la puerta.

Casi nadie es capaz de responder mal a una sonrisa rotunda. Menos mal. Dijo hola, se presentó, preguntó el nombre, por la salud, el estado de la familia y, antes de que el morador de esa primera vivienda pudiera reaccionar preguntando, dio otro apretón de manos y se dirigió a la segunda puerta.

Todo un pueblo. Quería conocer a todo el pueblo. No es que fuera a mudarse allí. Ni siquiera tenía un interés familiar, histórico o de ningún tipo. Estaba de paso y algo le había impulsado a presentarse a todos y cada uno de los habitantes. Al menos, acudir a sus casas. Puede que no llegase a conocerlos a todos si estaban trabajando, en la ducha, dormidos... No tenía intención de cruzar el umbral, a menos que le invitasen a ello. Aunque eso tendría el inconveniente de que su tarea llevaría más tiempo del que tenía pensado.

¿Tenía prisa? No lo tenía claro. Suponía que no. No había destino al que quisiera llegar. ¿No había nadie esperándole? Eso era algo que no nos iba a dejar averiguar. Su intimidad quedaba al descubierto en lo mínimo. Cada presentación era la misma y no. En realidad no quería hablar de ella. Se interesaba por los otros. Quizás ese fuera el principal motivo por el que les costase tanto a los lugareños centrar su extrañeza para dirigirla en forma de interrogantes.

Tan era así que ni siquiera se les ocurría llamar al vecino, al amigo, a la madre, al padre, al hermano a contarle que le acababa de pasar una cosa extraña. Porque habitual no era que una desconocida se les plantase en la puerta para saludar, presentarse e interesarse por uno. 
Mientras deshacían el pasillo hacía lugares más frescos de la casa, alguno llegó a pensar que sería una moda moderna. Pero no era tan joven la visitante como para estar metida en 'esas cosas raras de los móviles'.

Tampoco estaba haciendo fotos. Y llevaba una cámara al cinto. No hacía fotos a las personas, verdaderamente. A las fachadas sí, al entorno. Amante de los retratos, por una vez se estaba decantando por objetos inanimados. El disparo lo hacía cuando la puerta se había vuelto a cerrar. Es como si las palabras del habitante del hogar le hubiera dado la clave de quién era y que ésta fuera claramente visible en la fachada, la acera, el jardín, la verja... O la nube prendada de una chimenea dormida bajo el calor aplastante.

Seguía su recorrido sin cejar. Nunca un fruncir de ceños al ver que las calles (no demasiadas) no habían terminado aún. Algún gesto de contrariedad si no oía ruido alguno detrás de alguna puerta y no era abierta. Sacaba una libreta, apuntaba calle y número de edificio y continuaba con su ruta.

Lo cierto es que la sonrisa que tenía era contagiosa. Algo hermoso debía haber en el gesto, porque la mayoría de los vecinos se sentían con una extraña alegría. No se les exigía nada, ni atención ni escucha. Sólo tenían que hablar, si querían. Ninguno fue capaz de darle con la puerta en las narices. 
La tarea duró día y medio (no era un pueblo grande).

Cuando terminó, recogió sus cosas del hotelito en que se había alojado, abrió el coche en el que había venido y salió del pueblo tal y como había llegado. La cámara cargada de imágenes sin vida muy vivas, la cabeza repleta de ojos brillantes e historias que contarse a sí misma en esos momentos en los que perdía pie.

A P. que inspiró este texto.

viernes, julio 14, 2017

Noche de verano

Agitación. Movimiento incontrolado e incontrolable. Aceleración múltiple. Reposo imposible sobre un colchón de sueños partidos. Anhelo. Asfixia. Lo idéntico en la diferencia. Cristalera rococó con diferentes prismas, aleja el horizonte. Insatisfacción perenne convertida en amiga a base de tanta cercanía. Paredes variables que oprimen laceradamente para salpicarse. Aire sin existencia como inflamable aviso de llegada. 

Levanta el párpado caído sin atreverse. El cerebro procesa las imágenes en penumbra clara por donde se escapan propuestas silenciadas. Ahí, donde reside el ostracismo griego. Ahí, lugar sin espacio. Ahí, en la guarida del anima propia. 

La osamenta contra la dura solería retumba en ecos inaudibles. Recubre el golpe de glotonería manifiesta, de forma que puede levantarse dignamente. El cerebro no entiende lo que el corazón parpadea en morse. Desbocadas señales audaces que se estampan contra el cortado.

Ahora, tormenta imparable. Ahora, sólo existe este instante.

jueves, julio 06, 2017

Who am I

Who am I?

O la duda de una vida.
La mirada de un extraño.
El piropo del desconocido.
La lejanía de lo más cercano.
La carrera que no escogimos.
Las promesas cumplidas a medias.
Los madrugones fuera de todo sentido.
El trabajo que empieza con ilusión y acaba en precipicio.
Las libretas vacías acumuladas en armarios de madera de pino.
Los zapatos viejos esparcidos por el suelo de la habitación en la que dormitas.
Las amistades perdidas en el transcurso del cambio que hacemos hacia una mejor vida.
La ropa que regalas porque ha perdido la magia que te hacía querer que fuera ella la que te tapara.
La casa que creíste sería tuya y no es más que cuatro paredes ajenas que te cobijan de la eterna lluvia.

Who I am...
                     ... Me





domingo, junio 25, 2017

Olvido

Oí por ahí que los humanos no tenemos memoria térmica y por eso cada verano nos parece el más caluroso de nuestra vida. Ni sé si es verdad. Y, sin embargo, hoy me agarro a esta idea. 

Puede que ése sea el motivo por el que no recuerdo el calor de tu piel en la mía. La temperatura de tus labios recorriendo mi cuerpo provocando frío y calor. El fuego que nos encendía tantas veces y nos consumía como a las cerillas de las que sólo quedan unos restos míseros, apenas cenizas. 

Puede que esa falta de memoria sea la que me impide re-sentir la calidez de tu abrazo, cuando sabías que sin él caería. El abrigo de tus palabras, que calentaban hasta los más gélidos rincones de mi ser, como las buenas calefacciones. El candor de tu discurso, para convencerme de que podía. Y pude.

Será nuestra desmemoria congénita de la temperatura en la que pierdo la sensación de tu fuego dentro de mí. La explosión que ardía placenteramente y me enseñaba que la sangre es caliente cuando hay vida. La quemazón de tu mordisco apasionado sobre mis hombros desnudos, el deseo de quemarme y acercarme al sol para ello.

Quizás es cierto que no tenemos memoria. O, quizás, simplemente, se diluye en mí tu recuerdo, frío sobre aquella metálica mesa, para no ahogarme en las lágrimas que oprimen mi pecho. 

A A., que me inspiró sin quererlo.